Pueblo v. Cruz Rosario: una decisión desacertada



La semana pasada, el compañero Albert Torres Mercado escribió una columna en la que defiende la decisión del Tribunal Supremo en Pueblo v. Cruz Rosario. No estoy de acuerdo con lo que esboza el querido amigo Albert Torres Mercado en la columna que antecede a esta. La decisión de permitir a los testigos el uso de mascarilla no es armonizable con el derecho de confrontación, especialmente en su vertiente del careo. Primero, y sin pretensiones de ser extenso, hagamos algo que el distinguido amigo no hizo: poner las cosas en su contexto.


Todo acusado de delito tiene, entre muchos derechos, el derecho a carearse con los testigos que están testificando en su contra. Este derecho está estatuido en la constitución federal (sexta enmienda) y en la local (artículo II, sección 11) . Es, además, un principio centenario del derecho y tiene una razón lógica: al adversario se enfrenta cara a cara.


Este careo permite que el juzgador de hechos, ya sea el juez o un jurado, pueda adjudicar credibilidad a ese testigo en función de su comportamiento (en inglés, demeanor) en sala. El comportamiento de una persona es una de las herramientas más útiles que tiene un abogado litigante para impugnar la credibilidad de esa persona.


En el caso que nos ocupa, la defensa del acusado no accedió a que los testigos usaran mascarillas mientras testificaban. Fundamentaban su posición en el susodicho derecho al careo. El Tribunal de Primera Instancia no dio paso a la posición de la defensa por lo que tuvieron que recurrir en revisión apelativa.


En el foro apelativo la justicia encontró su luz. El panel de jueces revocó a instancia y dijo, entre otras cosas, que el derecho a la confrontación comprende la observación del comportamiento del testigo y que el uso de mascarillas impide al juzgador de hechos contar con todos los elementos necesarios para otorgarle credibilidad más certera al testigo. No hay nada que añadir. Una mascarilla facial no permite discernir la veracidad de un testigo.


El distinguido amigo y columnista basa su argumento en que los ojos son suficientes para saber si alguien es veraz o mendaz. Nada más lejos de la verdad. Se necesita más que mirar a los ojos a una persona para evaluar la totalidad de su comportamiento. Además, el argumento del compañero deja a un lado todas las microexpresiones faciales que una persona puede hacer mientras dice una mentira.


Las preocupaciones de contagio se podían atender con otras medidas menos intromisivas con el derecho de confrontación. Una de esas soluciones podría ser instalar paneles de acrílico en la silla de los testigos junto con el uso obligatorio de mascarilla por todas las demás personas en sala.


El Máximo Foro Judicial ha reiterado que para que el careo “tenga concreción y sentido, el debido proceso exige que se pongan al alcance del acusado los medios de prueba para impugnar los testigos, atacar su credibilidad y todo recurso análogo encaminado a erradicar la falsedad del juicio y evitar el desvío de la justicia. Un careo sin estos instrumentos, cuando sean legítimamente asequibles, frustra el propósito del precepto constitucional.”  Pueblo v. Rodríguez Sánchez, 109 DPR 243, 249 (1979).


El Tribunal, con la decisión del caso en discusión, ha lacerado uno de los más sagrados principios del sistema acusatorio penal y le ha arrebatado a todo acusado en Puerto Rico ese instrumento indispensable.


Hay otra cosa importante que subrayar en esta sentencia: cuatro jueces del Supremo disintieron de la mayoría. Así que fue una decisión cerrada y es una decisión desacertada que asienta un mal precedente. Espero que se pronto se pueda reivindicar el derecho al careo.


VSC





Image by Ricardo Dominguez

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