¿Cómo se formó la convención constituyente de Puerto Rico?

Actualizado: jul 20


Antonio Fernós-Isern, a la izquierda, y Luis Muñoz Marín, a la derecha. Victor Gutierrez Franqui, entre ellos.

El 3 de julio de 1950 el Presidente Harry S. Truman aprobó la famosa Ley 600 —también conocida como Ley de convención y constitución— en la que se permitió la celebración de una Asamblea Constituyente con el propósito de organizar un gobierno basado en una constitución adoptada por el pueblo puertorriqueño. Se le consultó al pueblo, si quería ratificar o rechazar la Ley 600, a través del referéndum del 4 de junio de 1951. El mandato de esta ley era que la constitución que se elaborase tenía que crear un gobierno republicano en su forma e incluir una carta de derechos.

El 76.5% de los votantes favoreció la eventual constitución de la Asamblea. La abstención fue del 34.92% de los inscritos y el “No” obtuvo el 23.54% de los votos.

El 27 de agosto de 1951 se celebraron las elecciones para la constitución de la Asamblea. En esa ocasión la abstención electoral fue alta, 45,17% de los electores hábiles no salieron a votar.

Los partidos Popular, Estadista y Socialista fueron los únicos en postular delegados. El Partido Independentista rehusó participar en este proceso por entender que carecía de sentido, ya que no se le reconocía al país genuinamente su derecho a la libre determinación. La constitución a redactarse, dado el marco estricto en que habría de producirse, no era a su juicio una verdadera constitución.

De los 92 miembros de la Convención Constituyente, el Partido Popular eligió a 70 delegados, el máximo permisible, el Partido Estadista a 15 y el Partido Socialista a 7.

La Convención Constituyente tuvo 62 sesiones desde el 17 de septiembre de 1951 hasta el 6 de febrero de 1952. La sesión inaugural fue presidida por el Hon. Roberto H. Todd, Jr., Juez Presidente del Tribunal Supremo de Puerto Rico para entonces.

La presidencia procedió entonces a abrir las nominaciones para los cargos regentes de la Convención. Las votaciones internas quedaron así:

  • Dr. Fernós Isern para presidente, 68 votos. Don Celestino Iriarte, 14; Sr. Padrón Rivera, 7.

  • Para vicepresidente, primer vicepresidente: María Libertad Gómez, 68; García Méndez, 14; Reyes Delgado, 7.

  • Segundo vicepresidente: Gutiérrez Franqui, 67; Juan Bautista Soto, 15; Orsini, 7.

  • Secretario: Berríos Berdecía, 69; E. Ortiz Reyes, 15; y Angel Fernández Sánchez, 7.

  • Para sargento de armas: Cruz Pacheco, 69; Gabriel Sicardó, 15; Gaspar Rivera, 7. Ese fue el resultado del escrutinio.

Al sumir la silla de la presidencia, el flamante presidente Fernón Isern proclamó, en aquel momento solemne de la historia política del país, el siguiente discurso:

«Señores delegados: Mis primeras palabras serán para el Sr. Juez Presidente del Tribunal Supremo, don Roberto H. Todd, el más alto exponente de la Justicia, bajo la ley y con el espíritu, impartida por un puertorriqueño, con la confianza de todos los puertorriqueños.

Por breve tiempo, ha sido nuestro presidente, con la sobriedad, con la serenidad, de quien es sencillo y puro como el aire de las alturas.

Sírvanos su ejemplo de inspiración para nuestra marcha por entre las dificultades de nuestra tarea. Sin duda, expreso el sentir de esta Asamblea Augusta cuando le digo que al retirarse hoy del ámbito que será nuestro taller de varios meses y en el cual nos ha iniciado, llevará nuestro reconocimiento, nuestro respeto y nuestro homenaje. Dios querrá que bajo la constitución que habremos de hacer aquí, nuestro pueblo tenga siempre a la cabeza de su Judicatura un intelecto tan ponderado, una conciencia tan recta y una personalidad de tan armónicos relieves. Dios lo querrá y también lo querrá el pueblo puertorriqueño.

A ustedes, compañeros en el taller, que habremos de encender juntos la llama de nuestro espíritu para fundir con ella nuestras ideas y darles forma a fin de que se ajusten a las realidades; a ustedes, compañeros para un período de nuestra historia que nunca tuvo igual en el pasado ni lo tendrá en el porvenir; a ustedes, compañeros delegados de la Asamblea Constituyente del pueblo de Puerto Rico, que es libre y por eso puede constituirse por sí mismo, como se creó Dios a sí mismo; que es libre porque Dios lo creó libre y porque Dios puso la idea de la libertad en el pensamiento del hombre y puso la fuerza y la voluntad para ampararla, en el corazón del pueblo de los Estados Unidos; a ustedes, compañeros en la tarea y hermanos en la patria, mi reconocimiento por la confianza que han depositado en mis manos.


Hace cincuenta y cuatro años en la ciudad de Ponce se celebraba la última sesión de una asamblea memorable. Aquella asamblea trajo a nuestro mundo político una nueva idea. No era la separación de España por la que diez y nueve años antes muriera Bruckman y se desterrara Betances; no era la asimilación a España que hasta entonces propugnaran Acosta y Celis Aguilera.

Era una idea nueva entonces, no prevista por la constitución española que nos regía. No es del caso ahora narrar cómo la nueva idea del ochenta y siete se convirtió en realidad tangible en el noventa y siete y cómo se derrumbara aquella realidad en el noventa y ocho. Ni es del caso historiar el medio siglo que ha mediado entre el derrumbe de aquel pasado y el momento creador del presente. Baste decir que hoy no ya surge una idea nueva, sino que una idea nueva se hace realidad. La idea nueva del ochenta y siete fue realidad diez años después. Esta fue una idea en el cuarenta y seis y se hace realidad cinco años después.

Parece propio que se establezca un enlace entre los hombres de entonces que buscaban un camino dentro de su tiempo, y los hombres de ahora que han encontrado el camino que buscaron por tanto tiempo.

Parece propio que el enlace se haga pronunciando el presidente de esta Asamblea como las últimas de sus primeras palabras ante ustedes, las que fueron últimas palabras del último discurso en la asamblea de Ponce. Fueron pronunciadas por su presidente, el apóstol don Román Baldorioty de Castro.

Así, evocando su memoria, pretendiendo elevar mi espíritu a las alturas del suyo, aunque sin lograrlo, pidiéndoles a ustedes, a todos ustedes, que tomen de él el ejemplo que yo no podría darles, terminaré diciendo en esta ocasión de cosecha, como se dijo en aquella ocasión de siembra: “Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.” »



Antonio Fernos Isern



Image by Ricardo Dominguez

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